El día que vi por primera vez el Taj Mahal

Agra es una de esas ciudades que solo con su nombre transmiten misterio y evocan mitos e historias de amor de maharajás y princesas. Tiempos pasados, seguramente peores que los actuales, pero que han dejado una huella imborrable que perdura aún hoy en nuestra cultura. Una de esas huellas es sin duda el Taj Mahal, una de las 7 Maravillas del Mundo. La visita de este impresionante monumento al amor era uno de los lugares imprescindibles en nuestro viaje a la India. Así que, bien temprano, recorrimos en coche las algo más de 4 horas que separan la siempre exuberante Jaipur de Agra, la morada del Taj.

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La ciudad de Agra, como casi todas las ciudades de la India, es caótica y compleja. La verdad es que resulta difícil imaginar que entre tanto tuc-tuc, vaca, gente para arriba y para abajo, coches, perros callejeros y monos pueda esconderse una de las construcciones más bellas del mundo. Y lo que más me sorprendió es la capacidad de este para esconderse de las miradas curiosas, ya que no logramos divisar ni una pizca del Taj Mahal hasta que no estuvimos a escasos metros de una de sus puertas de entrada.

El acceso al recinto es grande, y se compone de tres puertas distintas – la este, la sur y la oeste -. Nosotros accedimos por esta última, ya que suele ser la más tranquila junto con la del sur. Se nota que el Taj Mahal es la principal fuente de ingresos de Agra, ya que el movimiento de vendedores, turistas y locales que por esas avenidas circula supera al de muchas calles de grandes ciudades de la India. El precio de la entrada al Taj Mahal para turistas extranjeros es de 1000 rupias (INR), lo que equivale a unos 13 euros y pico. Para la gente local, en cambio, el precio es de 40 rupias (INR). Los controles de seguridad, además, son bastante exhaustivos, aunque a mi parecer siguen siendo insuficientes dadas las tensiones que aún existen en esta zona del planeta. Se accede por la zona de Shilpgram, bastante caótica y en la que el control se realiza con hombres y mujeres por separado. Es importante recordar que los viernes está cerrado, y solo abre las puertas durante unas pocas horas al día para los fieles musulmanes que acuden a rezar al interior del recinto.

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Y por fin estábamos allí, ante una de las Puertas del Paraíso (la sur), con su majestuoso pórtico que protege de miradas curiosas hasta el más mínimo resquicio del Taj Mahal. Solo cuando te acercas con la intención real de traspasar la puerta, puedes comenzar a ver ese blanco resplandeciente que aparece al final de la fuente. Entrar a ese lugar es hacerlo a un mundo distinto, más incluso que ese mundo paralelo llamado India. Es acceder a un jardín lo bastante bello como para compararlo con el paraíso, si es que existe. El propio Rudyard Kipling lo describió como “la encarnación de todo cuanto es puro”. Y su propio creador, el emperador Shah Jahan, afirmó que el Taj Mahal hacía “derramar lágrimas al sol y a la luna”. Desde el balcón al que se accede después de traspasar la Puerta Sur se puede contemplar en línea recta la fuente con forma rectangular que marca el camino hasta la plataforma blanca donde aparece la joya de la India, en el extremo norte del jardín y de espaldas al río Yamuna.. Un edificio que, a pesar de haber visto tantas y tantas veces en documentales, postales, fotografías y películas, no decepciona en directo. Todo lo contrario.

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La excelencia y belleza con la que se construyó el Taj Mahal es quizás una de las razones que lo salvaron de la destrucción. A lo largo de la historia, diferentes imperios – entre ellos el británico – han tratado de saquear uno de los símbolos universales de la India. Han robado todo el oro posible, pero no han podido saquear las piedras preciosas con las que está decorado el mármol del Taj Mahal, ya que forman parte de su piel. Ónix negro y verde, rubíes, esmeraldas, zafiros…todo tipo de piedras preciosas esculpidas a mano por artesanos llegados de todas las partes del mundo. Con esas piedras se han dibujado detalles florales a lo largo de todo el monumento, pero también versículos del Corán que flanquean las puertas y que van aumentando de tamaño a medida que uno alza la vista. La razón de esa asimetría es precisamente la excelencia, ya que los arquitectos de este magnífico lugar tuvieron en cuenta todos los detalles: las cuatro fachadas son idénticas, y están pensadas para que mantengan la armonía en los tamaños y formas incluso mirándolo desde cientos de metros de distancia. Esa es la razón por la que los minaretes están ligeramente inclinados, o los detalles florales varían de tamaño a lo largo del mármol.

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El interior del Taj Mahal es difícil de describir. Al cruzar la puerta principal te topas con dos magníficos sepulcros, el de la reina Mumtaz Mahal y el del emperador Shah Jahan. Los dos sepulcros son réplicas reales de los ataúdes que se encuentran bajo  tierra, realizados a mano y cubiertos con detalles florales realizados a mano mediante piedras preciosas como las descritas anteriormente. Las tumbas, además, están protegidas por una pieza de mármol única tallada a mano que impresiona por su complejidad y belleza.

Pero además de todo lo que uno se encuentra en su interior, es importante también describir lo que uno siente. El olor es quizás una de las cosas que más sorprenden del interior del Taj Mahal. Nos da la bienvenida un olor rancio, una mezcla mal hecha de sudor y humedad que  sorprende entre tanta belleza y perfección. Es sin duda una de las cosas que hay que vivir para sentir de verdad.

Para salir hay ocho habitaciones desde las que se pude contemplar el interior de la sala principal, que generalmente está atestada de gente y hay que tener mucho cuidado con los carteristas, que siempre hay.

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Otra de las cosas que más ilusión nos hizo fue poder ver el atardecer desde el Taj Mahal. La mejor opción para conseguirlo es cruzar el río Yamuna (uno de los ríos sagrados para el Hinduísmo) y pagar la entrada de los jardines, que cuesta 200 INR presentando la entrada principal al Taj Mahal. Desde allí se puede contemplar sin árboles de por medio esos contrastes de luz anaranjados que adquiere la piel del Taj Mahal al mezclarse con los últimos rayos de sol del día. Además, el atardecer es aún más sorprendente cuando te das cuenta de que las aves que sobrevuelan todo el lugar son águilas, lo que hace que el momento sea mucho más épico.

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Después de dos horas admirando esa maravilla, nos decidimos a cerrar una etapa más de nuestro viaje despidiéndonos del Taj Mahal, y sin saber a ciencia cierta si esa sería la primera y la última vez que lo contemplaríamos. Según un sacerdote hindú de Jaipur, el año que viene volveremos a la India. Pero da lo mismo, ya que la incertidumbre de no saber qué será de nosotros el día de mañana es lo que hace interesante a la vida. Hasta otra, Taj.

Si quieres más información sobre nuestro viaje a la India, puedes visitar el artículo “recomendaciones de viaje a la India“, que te será de gran ayuda.

El día que vi por primera vez el Taj Mahal
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2 Comentarios en "El día que vi por primera vez el Taj Mahal"

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victor
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hola viajero que tal?, mi primer recuerdo del taj mahal se remonta a las peliculas y los dibujos y libros de aladin, sino recuerdo mal la ciudad y el palacio estan inspirados en agra y el taj mahal. que curioso que te vas acercando y acercando y hasta el ultimo momento no ves el taj mahal, es como ir al mont-saint-michel y lo ves a lo lejos y hasta que no te acercas no te dejas cautivar por su magia y su majestuosidad en medio del bar y la abadia dominando el monte.
por otra parte me ha dejado fascinando las imagenes del monumento, tanto desde lejos como el norte asi como que nunca haya sido ni destruido ni demolido y su belleza se haya mantenido intacta. como tu dices estoy convencido que volveras a ese pais porque siempre hay cosas que se quedan por ver.
saludos
y a seguir viajando

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